Creciendo en una familia pasivo-agresiva
La ira es una emoción humana normal que aparece en todas las familias. Está en nuestro cerebro, formando parte de nuestra fisiología y de cómo nos relacionamos. En este artículo exploramos tres formas en que las familias pueden gestionar la ira: como arma, como emoción soterrada o como algo que se ignora. También explicamos por qué esto favorece la agresión pasiva y cómo abordarlo.
Tres modos de manejo de la ira en la familia
La familia que usa la ira como arma
En estas familias, la ira se utiliza como fuente de poder. Su expresión puede ser agresiva: gritos, insultos o comentarios punzantes; incluso lanzar objetos, romper cosas o intimidación física. La lección para los niños: quien se enfada más, gana.
La familia de la ira subterránea
La ira se percibe como inaceptable o mala. Los sentimientos irascibles se interpretan como poco amorosos o rebeldía y se castigan. Lección para los niños: la ira es mala; si te sientes enfadado, eres malo. No se habla de ello.
La familia que ignora la ira
La ira se trata como si no existiera. Cuando aparece, recibe poca reacción. La ira es invisible. Lección para los niños: la ira es inútil; no merece atención, y no se debe hablar de ello.
Ninguno de los niños que crece en estas tres modalidades aprende a escuchar el mensaje de la ira, a gestionarla, expresarla o utilizarla de forma saludable. Por definición, crecen en una familia emocionalmente negligente. En particular, enfoquémonos en las familias subterránea e ignorante.
La ira y la agresión pasiva
Si la ira no se expresa de forma directa, tiende a filtrarse a través de la agresión pasiva. Dado que la ira está en el cerebro humano, existe en todos nosotros; en entornos que la silencian crónicamente, las personas la suprimen y aparecen problemas en las relaciones.
Ejemplos de escenas con agresión pasiva:
- Molly se sentía ansiosa durante la cena porque sus padres no se miraban ni hablaban entre sí.
- El padre de Joel llegaba una hora tarde a recogerlo tras el entrenamiento; Joel se preguntaba si estaba enfadado por la discusión de la noche anterior.
- Jessica sufría cuando su madre la ignoraba; hacía esfuerzos por parecer ajena a ello.
Muchos estudios han vinculado la agresión pasiva entre padres con problemas en los hijos. Por ejemplo, un estudio de 2016 mostró que los niños criados en entornos con hostilidad indirecta tienden a ser menos seguros, menos responsables de sus problemas y más propensos a depresión, ansiedad y retraimiento social. Otra dificultad es que la mayoría no es consciente de su propio comportamiento pasivo‑agresivo ni de la ira soterrada que la alimenta.
Cuatro pasos para convertirse en menos pasivo‑agresivo
- Paso 1. Acepta que sientes ira. Reconócela como normal y saludable, y valiosa para mejorar tus relaciones.
- Paso 2. Aumenta la conciencia de la ira. Observa la ira en los demás y en ti mismo; al empezar a sentirla, rompes la muralla que la oculta.
- Paso 3. Infórmate sobre la asertividad. Es una habilidad para expresar la ira de forma que el otro pueda entender sin ponerse a la defensiva; si puedes, lee al respecto.
- Paso 4. Cuando algo te enfade, toma nota del sentimiento, aprende a convivir con él y aplica la asertividad. Y cuando algo te moleste… habla, habla y habla con claridad.
La ira puede gestionarse mejor cuando se entiende y se practica la comunicación abierta; si necesitas más orientación, existen recursos de apoyo y lectura sobre negligencia emocional y asertividad para ampliar estas ideas.
Vídeo sobre Creciendo en una familia pasivo-agresiva
Bibliografía
Autor
Isaac Andrade
Isaac Andrade es divulgador en psicología y bienestar.
Su trabajo se centra en hacer comprensible la mente humana y ofrecer herramientas para mejorar la salud emocional.