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Demasiado de una buena acción desinteresada: altruismo patológico.

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Puede que te hayan hablado mucho de la virtud del altruismo, de anteponer el bienestar de otros al propio. Aunque la intención sea loable, actuar siempre en nombre de los demás puede volverse problemático. Este artículo explora el altruismo patológico: cuándo ayudar pasa a dañar al que ayuda o al que recibe la ayuda, y qué hacer para intervenir con límites y empatía.

Qué es el altruismo patológico

Definido de forma amplia como “buenas intenciones que se desvían” por la pionera Barbara Oakley, este término se aplica a cualquier comportamiento de ayuda que termina perjudicando a quien ofrece la ayuda o a quien la recibe. La codependencia, la crianza en helicóptero, los trastornos alimentarios, la acumulación de animales, el genocidio y el martirio suicida son ejemplos de altruismo patológico. Cada uno combina deficiencia informativa, autojustificación y fines mal dirigidos.

Por qué surge el altruismo patológico

El deseo de aliviar el sufrimiento ajeno —incluso por medios que dañen, en lugar de mejorar, el bienestar de la persona— surge de los circuitos de empatía con los que nacemos, señalan las investigadoras Carolyn Zahn-Waxler y Carol Van Hulles. La mera vista del malestar de otro activa patrones en nuestro sistema nervioso que imitan el dolor emocional o físico del otro, aunque con menor intensidad.

Los mismos sistemas que permiten el dolor vicario y la empatía también parecen dar lugar a la culpa—especialmente cuando esa culpa nace de sentirse obligado, pero incapaz de ayudar de manera eficaz—, afirma la investigadora de depresión y culpa Lynn E. O’Connor. “La culpa es una emoción prosocial”, explica. “Estamos programados para ello. La culpa nos mantiene unidos al impulsarnos a actuar en beneficio de otros y a perdonarnos a nosotros mismos.”

Sin empatía y culpa, no podríamos formar vínculos significativos que sostienen nuestra vida social y la supervivencia de nuestra comunidad. Pero si las áreas más racionales del cerebro que controlan la planificación y el autocontrol no moderan nuestros impulsos empáticos, pueden afectar negativamente nuestra salud física y psicológica, y la de los demás.

Ejemplos de intervenciones que empeoran la situación

Estas situaciones muestran cómo una intención aparentemente benigna puede convertirse en un problema práctico.

  • Una madre que insiste en redactar la solicitud de ingreso de su hijo a la universidad para que entre en la mejor institución, generando estrés y conflicto.
  • La hija que compra dulces azucarados para complacer a su madre obesa, lo que puede reforzar conductas poco saludables.
  • Un cirujano excesivamente entusiasta que propone intervenciones invasivas para un paciente que prefiere morir en paz.
  • Un vecino bienintencionado que transforma su casa en un refugio para gatos, con efectos adversos para la salud de los animales y la seguridad vecinal.
  • Actos extremistas y violencia que se justifican como defensa de un bien mayor, mostrando que creer actuar por lo correcto no garantiza beneficios para todos.

Cómo intervenir sin dañar a otros ni a uno mismo

Tomar distancia y reevaluar

Para evitar empeorar la situación, conviene apartarse de las respuestas automáticas y evaluar qué sería realmente adecuado para la otra persona. ¿Mi intervención podría empeorar las cosas? ¿Qué alternativa sería más beneficiosa?

Meditación y autoconocimiento

La meditación de atención plena —particularmente la práctica budista tibetana— es un buen punto de partida. Las investigaciones de O’Connor muestran que quienes meditan por el beneficio de todos los seres conscientes experimentan menos culpa, lo que reduce la tendencia a intentar absorber las desgracias ajenas. Si bien pensar en pensamientos positivos puede satisfacer ese impulso, la atención plena ayuda a reevaluar lo que realmente conviene a la otra persona y a decidir si es mejor intervenir, y cuándo hacerlo.

O’Connor y sus colegas siguen investigando exactamente cómo la meditación tibetana logra estos efectos.

Establecer límites y saber decir no

Carl Benedict, experto en codependencia y coach, recomienda asistir a una reunión de Codependents Anonymous, o trabajar con un terapeuta para reprogramar las áreas del cerebro que llevan a creer que tus propias necesidades nunca deben ir primero.

Comunicar límites de forma efectiva

Establecer límites también implica decir a la otra persona cuándo sus intentos de ayudar te perjudican. Prepárate ante la posibilidad de que esa conversación incomode a la otra parte, pero recuerda que este feedback es necesario para frenar conductas menos útiles.

No es necesario cuestionar cada impulso de ayudar, pero tomarse un momento para considerar la perspectiva de la persona que se quiere ayudar y las posibles consecuencias a largo plazo de nuestro comportamiento puede hacer del “dar espacio” una opción más benévola que sofocar a alguien con nuestro afecto.

Vídeo sobre Demasiado de una buena acción desinteresada: altruismo patológico.

Autor

Autora Isabel Arroyo Isabel Arroyo Isabel Arroyo es redactora especializada en bienestar emocional y desarrollo personal. En el blog de PsicologíaVera comparte contenidos inspiradores sobre crecimiento y equilibrio psicológico.